
Ya se sabe que hay polvos y polvos y que no todos son iguales, hay polvos rápidos, polvos lentos, polvos insulsos, polvos sucios, polvos limpios, hay polvos generosos y polvos suicidas, y entre todos ellos hay polvos en los que dos cuerpos dejan de ser dos y en medio de la noche o la penumbra se van desdibujando y se van uniendo al aire, al tiempo y la distancia, se van mezclando como la hierba o las nubes hasta ser sólamente un puro movimiento en el aire que va y viene, que besa y muerde y siente y gime, un purísimo movimiento en el que lo único que existe es la conexión entre las mentes y que todo sustento físico ha quedado al un lado, como el barro que aparta la corriente del río, esa corriente cristalina y rápida que todo lo ve y nada toca, esos polvos son perfectos, son únicos, y quien ha experimentado uno de ellos no lo olvida, su huella permanece para siempre, porque esos polvos nunca suceden en el mundo real, sino a medio camino entre todas las cosas, en ese espacio infinito que sólo dos personas que han dejado atrás la simplicidad del mundo cotidiano pueden habitar...

















